El duelo infantil- Consejos y VIDEO-

La elaboración del duelo infantil es siempre complicada. Estar llenos de dolor y de tristeza nos dificulta mucho nuestra capacidad de actuación. Por eso, cuando tenemos que asumir nuestro dolor y acompañar a menores en el proceso de duelo nos surgen muchas dudas. Cómo gestionar las emociones de las personas que nos rodean, qué tenemos que hacer a nivel práctico o cómo mostrarnos son dudas muy frecuentes. El dolor propio nos dificulta empatizar en los demás, especialmente en los menores. Ello hace que en muchas ocasiones evitemos todo lo que implique dolor al menor, con el objetivo lícito de preservarle de unas emociones negativas. Otras veces nos servirá de escusa para no afrontar nuestro propio proceso de duelo.

La actuación más común es preservar al menor del dolor, aunque cabe preguntarse si estaremos guiando correctamente a los menores en el duelo infantil de esa forma. Acaso no surgirán los problemas más adelante?

En el presente artículo ahondamos en el duelo infantil, introduciendo conceptos y desvelando consejos delante de la pérdida de un ser querido.

El papel de la cultura

Lo primero que hay que tener en cuenta, y tiene que ser motivo de reflexión, es que el duelo es un proceso que forma parte de la vida. No es ninguna enfermedad. La alternancia de emociones y etapas forma parte del proceso vital. Es en sí mismo, el duelo es una oportunidad educativa que permitirá que el menor crezca emocionalmente y se ubique y le de sentido a la propia vida. Como responsables educativos, los progenitores deberemos acompañar al menor en este proceso y trabajar nuestro propio duelo. Culturalmente, la muerte está registrada como un tema tabú, que es mejor evitar o ignorar, aunque siempre acabará aflorando. Precisamente debido a que es parte de la propia vida.

En todo occidente, a diferencia de otras culturas, se están primando desarrollar todo tipo de emociones positivas, y se protege a los menores de todo lo negativo. Hay que tener en cuenta que la muerte es una parte en sí misma de la vida, con 3 características que el menor tendrá que saber que existen, y que tendremos que ir desarrollando en diferentes momentos del duelo y previamente:

  • Universalidad. La muerte llega a todo el mundo.
  • Irreversibilidad. Una vez que llega, no se puede regresar.
  • Permanencia. Permanece inalterable.

Qué hablar y qué no hablar a los niños

Hablar de los niños sobre la muerte  será positivo y educativo, y los psicólogos lo recomendamos encarecidamente. A cortas edades, a través de cuentos, utilizando su lenguaje. A medida que vaya creciendo lo iremos adaptando a sus habilidades comunicativas. Esto facilitará entender el concepto de muerte, así como trabajar los miedos aparejados.

Será importante comunicar con escucha activa, devolviendoles preguntas o haciéndoles reflexionar. Así les permitiremos expresar su mundo interior. Del mismo modo, habrá que cuidar el lenguaje no verbal (tono, postura, situación, etc).

No hablar de la muerte, o evitarlo, puede sin duda acarrear peores efectos, ya que las fantasías del  niño pueden ser mucho peores. Algunos ejemplos de fantasías pueden ser el abandono por parte del ser querido, que implicará mucho dolor y culpa. La profecía auto-cumplida provocará también mucho dolor. El menor puede pensar que sus pensamientos han provocado la muerte del difunto.

Por lo general, los menores son egocéntricos. Ello implica que asumen que todo gira en torno a ellos y son responsables de todo lo que sucede y no sucede a su alrededor. Por tanto, las fantasías ante no tener información siempre les implicarán a ellos mismos por propia manera de ser. Un dialógo abierto, les ayudará a situarse ante estas situaciones.

Por tanto es bueno hablar con suma naturalidad, acercando al niño a la muerte, permitiendo y validando las emociones que vayan surgiendo y respondiendo a las preguntas con naturalidad del mismo modo. En psicología, por norma general siempre decimos que «si el niño tiene la capacidad de hacer la pregunta, también tiene la capacidad de escuchar la respuesta«.

Habrá que obviamente tener en cuenta la edad del menor a la hora de hablar. El concepto de muerte con los conceptos de universalidad, irrreversibilidad y permanencia no se encontrarán desarrollados totalmente hasta los 9 o 10 años. Por tanto, tendremos que adaptar nuestro discurso a su entendimiento, aunque siempre en esta linea.

Del mismo modo, hay que decirle las cosas tal y como son y hablaremos de las cosas buenas de la persona fallecida y las menos buenos. Tenemos que permitirle tener una construcción de la realidad adecuada. Ocultarle cierta parte de la realidad únicamente que traerá problemas en el futuro.

Tenemos que entender que los menores no expresan del mismo modo que los adultos. Nos podemos encontrar con ira, somatizaciones, irritabilidad, pesadillas, regresiones a etapas anteriores del crecimiento o imitación de la persona fallecida. Ello se debe a que los menores no tienen la misma capacidad cognitiva ni de expresión que los adultos. Habrá que guiarles en su expresividad, y hacerles entender el motivo de expresarse de esa forma.

En muchos casos, si el menor no encuentra apoyo en las figuras educativas más próximas, buscará apoyo en otras personas cercanas. Si ese es el caso, tendremos que permitirselo y al mismo tiempo intentar abrir otras vias comunicativas.

 

 

El concepto de muerte según la edad

El concepto de muerte se va a ir desarrollando a medida que el niño va creciendo. En la presente clasificación damos unos rasgos aproximativos, aunque obviamente variarán en función del desarrollo cognitivo del menor.

  • Etapa prelingüística (0-18 meses). El menor responde al cambio, a la situación de dolor y a la ausencia de la persona. Existe temor al abandono y no existe el concepto de tiempo ni enfermedad. En esta etapa será recomendable trabajar a nivel sensorial.
  • Etapa preescolar (18 meses-5 años). Es la etapa del pensamiento mágico, en que los muertos respiran, comen y se trasladan de un lugar al otro. La muerte sería como un sueño en el que hay un mal funcionamiento temporal. Pueden vivir la enfermedad, que viene por factores externos, como un castigo. En esta etapa se trabajará muy bien con cuentos y con el juego figurativo.
  • Etapa escolar (a partir de los 5 años). Empieza a expresar curiosidad por la muerte, así como el desarrollo del concepto tiempo. Entiende que la enfermedad puede venir causada por factores internos, no sólo externos. Será importante responder las preguntas y crear canales de diálogo, como bien apuntamos en el punto anterior.
  • Entre los 7 y los 13 años: el niño ya ha desarrollado los conceptos de irreversibilidad, universalidad y permanencia de la muerte, por tanto el diálogo será cercano al de un adulto y el lenguaje debería de ser el de un adulto.

Llevar o no al niño o niña al tanatorio

En muchas ocasiones evitamos a los niños pasar por el tanatorio, o asistir al entierro. Hay que decir que el objetivo de este ritual que existe en todas las culturas tiene el objetivo clave de despedir al difunto. La despedida es necesaria. En sí mismo resultará positivo a largo plazo para el menor asistir al tanatorio. Eso sí, tendremos que prepararle previamente sobre lo que se va a encontrar: personas que expresan su tristeza llorando, conmoción general, y mucha gente despidiéndose del ser querido. Con una buena preparación previa, estaremos permitiendo que el niño se despida de su ser querido. Al mismo tiempo abriremos un canal de comunicación, que permitirá exteriorizar sus dudas y preguntas. De nuevo volvemos al punto de clave de la comunicación.

Nuestra primera recomendación es que acuda al tanatorio, aunque en caso de no asistir, será recomendable que el menor tenga la oportunidad de despedirse de alguna otra forma. Puede ser por carta, encender una vela para hablar con la persona, hacer un album de fotos, etc. En general lo ideal será hacer algo con lo que el niño se sienta identificado con la persona difunta. Por ejemplo, si el niño iba con el abuelo a pescar a una playa, se me ocurre que podría volver a la playa para depositar allí la carta, o encender una vela.

Probablemente el hecho de hablar con el menor, responder sus dudas, decirle lo que sentimos y permitir tener un canal de comunicación abierto, nos permitirá trabajar nuestro propio duelo. Incomunicarnos, evitar el diálogo y hacer que no pasa nada tendrá un efecto muy negativo para todos los miembros cercanos al difunto/a. Trabajar los miedos, la muerte y tener un canal de comunicación constante facilitará notablemente el afrontamiento del duelo.

No obstante todo lo comentado, si vemos que los síntomas de malestar persisten en el tiempo, y nuestros esfuerzos comunicativos no fructiferan, recomendamos encarecidamente acudir a un profesional.

 

 

 

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